quarta-feira, 25 de dezembro de 2013

La ciudad divina

 
 
 

René Guenon

Hemos hablado ya en varias oportunidades sobre el simbolismo de la "Ciudad divina" ( Brahma-Pura en la tradición hindú )1: sabido es que lo así designado propiamente es el centro del ser, representado por el corazón, que por lo demás le corresponde efectivamente en el organismo corpóreo, y que ese centro es la residencia de Púrusha, identificado con el Principio divino ( Brahma ) en cuanto éste es el "ordenador interno" ( ántar-yâmî ) que rige el conjunto de las facultades de ese ser por la actividad "no-actuante" que es consecuencia inmediata de su sola presencia. El nombre Purusha es interpretado por esta razón como puri-çaya, es decir 'el que reside o reposa ( çaya ) en el ser como en una ciudad ( pura )'; esta interpretación pertenece evidentemente al Nirukta ( disciplina de exégesis simbólica ), pero A. K. Coomaraswamy ha hecho notar que, aunque no sea así en la mayoría de los casos, en éste podría representar a la vez una verdadera derivación etimológica2 y este punto, a causa de todas las conexiones que permite establecer, merece que nos detengamos en él con algo más de espacio.
Ante todo, es de notar que el griego pólis y el latín civitas, que designan la 'ciudad', corresponden respectivamente, por sus raíces, a los dos elementos de que está formada la palabra purusha, aunque, en razón de ciertos cambios fonéticos de una lengua a otra, esto pueda no evidenciarse a primera vista. En efecto, la raíz sánscrita pr- o pur- corresponde en las lenguas europeas a pel-3, de modo que pura y pólis son estrictamente equivalentes; esta raíz expresa, desde el punto de vista cualitativo, la idea de 'plenitud' ( sánscrito puru y pûrna, griego pléos, latín plenus, inglés full ), y, desde el punto de vista cuantitativo, la de 'pluralidad' ( griego polys, latín plus, alemán viel ). Una ciudad no existe, evidentemente, sino por la reunión de una pluralidad de individuos que la habitan y constituyen su "población" ( la palabra populus es del mismo origen ), lo que podría ya justificar, para designarla, el empleo de términos como aquellos de que se trata; pero no es éste, empero, sino el aspecto más exterior, y lo más importante, cuando se quiere ir al fondo de las cosas, es la consideración de la idea de plenitud. A este respecto, sabido es que lo pleno y lo vacío, considerados como correlativos, son una de las representaciones simbólicas tradicionales del complementarismo del principio activo y el pasivo; en el caso presente, puede decirse que Púrusha llena por su presencia la "Ciudad divina" con todas sus extensiones y dependencias, es decir, la integralidad del ser, que sin esa presencia no sería sino un campo ( kshetra ) vacío, o, en otros términos, una pura potencialidad desprovista de toda existencia actualizada. También Púrusha, según los textos upaníshádicos, esclarece "ese todo" ( sárvam ídam ) por su irradiación, imagen de su actividad "no-actuante" por la cual toda manifestacíón se realiza, según la "medida" misma determinada por la extensión efectiva de esa irradiación4, tal como, en el simbolismo apocalíptico de la tradición cristiana, la "Jerusalén Celeste" está íntegramente iluminada por la luz del Cordero que reposa en su centro "como inmolado", o sea en un estado de "no-actuante"5. Podernos agregar aún a este respecto que la inmolación del Cordero "desde el comienzo del mundo" es en realidad la misma cosa que el sacrificio védico de Púrusha, por el cual éste se divide en apariencia, en el origen de la manifestacion, para residir a la vez en todos los seres y en todos los mundos6, de modo que, si bien siendo siempre esencialmente uno y conteniéndolo todo principialmente en su unidad misma, aparece exteriormente como múltiple, lo que corresponde además exactamente a las dos ideas de plenitud y pluralidad a que nos referíamos poco antes; y también por eso se dice que "hay en el mundo dos Púrusha, el uno destructible y el otro indestructible: el primero está repartido entre todos los seres; el segundo es el inmutable"7.
Por otra parte, el latín civitas deriva de una raíz kei- que, en las lenguas occidentales, equivale a la raíz sánscrita çî- ( de donde çaya ); su sentido preciso es el de 'reposo' ( griego kéisthai, 'estar tendido', 'yacer' ), del cual el de 'residencia' o de morada estable, como lo son las de una ciudad, no es en suma sino una consecuencia directa. Púrusha que reposa en la "Ciudad divina" puede decirse el único "ciudadano" ( civis ) de ella8, puesto que la multitud de habitantes que la "pueblan" no existe verdaderamente sino para él, siendo producida íntegramente por su propia luz y animada por su propio hálito ( prana ), donde, por lo demás, rayos luminosos y hálito vital no son, de hecho, sino dos aspectos del sûtrâtmâ. Si se considera la "Ciudad divina" ( o "el Reino de Dios" que "está en nosotros" según las palabras evangélicas ) en su acepción más estricta, como únicamente el centro mismo del ser, va de suyo que solo Púrusha reside allí en realidad; pero la extensión de dicho término al ser total, con todas sus facultades y todos sus elementos constitutivos, es igualmente legítima por las razones que acabamos de explicar, y no introduce cambio alguno a este respecto, ya que todo eso depende enteramente de Púrusha y recibe de él hasta la existencia misma. Las funciones vitales y las facultades del ser se comparan a menudo, en su relación con Púrusha, con los súbditos o los servidores de un rey, y hay entre ellas una jerarquía similar a la de las diversas castas en la sociedad humana9; el palacio donde reside el rey y desde donde dirige todo es el centro o el corazón de la ciudad10; su parte esencial, de la cual todo el resto no constituye sino como prolongaciones o "extensiones" ( sentido que está contenido también en la raíz kei- ); pero, por supuesto, los súbditos no están nunca con respecto al rey en un estado de dependencia absoluta como aquel de que tratamos, porque, si bien la función real es única en la ciudad y la situación del "gobernante" es esencialmente distinta de la de los "gobernados"11, el rey mismo es con todo un ser humano al igual que sus súbditos, y no un principio de otro orden. Otra imagen, más exacta, está dada por el juego de títeres, ya que éstos no están animados sino por la voluntad de un hombre que los hace mover a su arbitrio ( y el hilo por medio del cual los mueve es, naturalmente, otro símbolo del sûtrâtmâ ); y a este respecto se encuentra un "mito" particularmente notable en el Kathâ-Sárit-Sàgara12. Se trata allí de una ciudad enteramente poblada de autómatas de madera, que se comportan en todo como seres vivos, salvo que les falta la palabra; en el centro hay un palacio donde reside un hombre que es la "única consciencia" ( ékakam chétanam ) de la ciudad y la causa de todos los movimientos de esos autómatas, fabricados por él mismo; y cabe notar que ese hombre es carpintero, lo que lo asimila a Viçvakarma, es decir, al Principio divino en cuanto constructor y ordenador del Universo13.
Esta última observación nos lleva a precisar que el simbolismo de la "Ciudad divina" admite una aplicación "macrocósmica" tanto como una "microcósmica", aunque en todo lo que precede hayamos considerado casi exclusivamente esta última; inclusive podría hablarse de diversas aplicaciones "macrocósmicas" a diversos niveles, según se trate de un mundo particular, es decir, de un determinado estado de existencia ( y a este caso se refiere propiamente el simbolismo de la "Jerusalén Celeste" antes recordado ) o del conjunto de la manifestación universal. En todos los casos, ya se considere el centro de un mundo, ya el centro de todos los mundos, hay en ese centro un Principio divino ( el Púrusha residente en el Sol, o Spiritus Mundi de las tradiciones occidentales ) que desempeña, para todo lo manifestado en el dominio correspondiente, la misma función de "ordenador interno" que el Púrusha residente en el corazón de cada ser para todo lo incluido en las posibilidades de éste. Entonces, basta transponer, sin otra modificación, para aplicarlo a la multitud de los seres manifestados, lo que en la aplicación "microcósmica" se dice de las diferentes facultades de un ser en particular; el simbolismo del sol como "Corazón del Mundo"14 explica, por lo demás, por qué el sûtrâtrnâ que une a cada ser con el Púrusha central está representado por el "rayo solar" llamado sushumna15. Las diversas representaciones del sûtrâtrnâ muestran también que la división aparente de Púrusha, en el orden "macrocósmico" como en el "microcósmico", no debe concebirse como una fragmentación, que estaría en contradicción con su unidad esencial, sino como una "extensión" comparable a la de los rayos a partir del centro; y a la vez, como el sûtrâtrnâ está asimilado a un hilo ( sútra ) por su designación misma, ese simbolismo está también en relación estrecha con el del tejido16.
Nos falta aún indicar brevemente un punto: para ser legítima y válida desde el punto de vista tradicional, es decir, en suma, para ser verdaderamente "normal", la constitución y la organización de toda ciudad o sociedad humana debe tomar como modelo, en la medida de lo posible, la "Ciudad divina"; decimos en la medida de lo posible, porque, en las condiciones actuales de nuestro mundo por lo menos, la imitación de ese modelo ( que es propiamente un "arquetipo" ) será siempre y forzosamente imperfecta, como lo muestra lo que habíamos dicho antes acerca de la comparación del Púrusha con un rey; pero, como quiera que fuere, solo en la medida en que esa imitación se realice se estará estrictamente en derecho de hablar de "civilización". Es decir con bastante claridad que todo cuanto así se denomina en el mundo moderno, y de lo cual se pretende incluso hacer "la civilización" por excelencia, no podría ser sino una caricatura y, a menudo, en muchos respectos, hasta lo contrario de la civilización; no solo una civilización antitradicional como ésa no merece en realidad tal nombre, sino que además, en realidad, es en estricto rigor la antítesis de la civilización verdadera.



NOTAS




1. Ver L'Homme et son devenir selon te Vêdânta, cap. III; cf. además nuestros estudios sobre "Le grain de sénevé" y "L'Éther dans le coeur" ( aquí, respectivamente, cap. LXXIII: "El grano de mostaza", y LXXIV: "EL ÉTER EN EL CORAZÓN" )
2. "What is civilization?" ( Albert Schweitzer Festschrift ); tomamos de este estudio parte de las consideraciones que siguen, particularmente en lo que concierne al punto de vista lingüístico
3. Sabido es que los sonidos r y l están fonéticarnente muy próximos entre sí y cambian fácilmente uno en otro
4. Ver Le Règne de la quantité et les signes des temps, cap. III
5. Recordaremos además que la manifestación de la Shejináh o "Presencia divina" se representa siempre como una luz
6. Ver "Rassembler ce qui est épars" ( aquí, cap. XLVI: "Reunir lo disperso" )
7. Bhágavad-Gitâ, XV, 16; según la continuación de este texto, Purushóttama, que es idéntico a Paramâtmâ, está más allá de estos dos aspectos, pues es el Principio supremo, trascendente con respecto a toda manifestación: no está "en el mundo", sino que, al contrario, todos los mundos están en Él.
8. La expresión griega equivalente, mónos polítês, ha sido aplicada a Dios por Filon
9. Este punto de vista ha sido particularmente desarrollado por Platón en La República(external link)
10. En el origen, este palacio era al mismo tiempo un templo; tal doble carácter se encuentra también a veces en las épocas "históricas", y recordaremos en particular aquí el ejemplo del Ming-Tang en China ( ver La Grande Triade, cap. XVI )
11. En su mutua relación, el "gobernante" es "en acto" y los "gobernados" son "en potencia" según el lenguaje aristotélico y escolástico; por eso, en la concepción tradicional, el rey y su reino están entre sí en la relación de principio activo y principio pasivo respectivamente; pero, en cambio, el rey, en cuanto ejerce el poder temporal, se hace a la vez principio pasivo con respecto a la autoridad espiritual ( cf. A. K. Coomaraswamy, Spiritual Authority and Temporal Power in the Theory ol Indian Government )
12. Cf. A. K. Coomaraswamy, "'Spiritual Paternity' and the 'Puppet Complex'", en Psychiatry, número de agosto de 1945
13. Ver "Maçons et Charpentiers", en É. T., diciembre de 1946
14. Está claro que no se trata de "ese sol que ven todos los hombres", sino del sol espiritual, "que pocos conocen por el intelecto" ( Atharva-Veda, X, 8, 14 ) y que se representa como inmutablemente en el cenit
15. Cf. L'Homme et son devenir selon le Vêdânta, cap. XX; ese "rayo solar" es también la misma cosa que la "cuerda de oro" de que habla Platón
16. Ver Le Symbolisme de la Croix, cap. XIV: recordaremos más particularmente aquí el simbolismo de la araña en el centro de su tela, imagen del sol, cuyos rayos, que son emanaciones o "extensiones" de él mismo ( como la tela de la araña está formada de su propia sustancia ) constituye en cierto modo el "tejido" del mundo, al cual actualizan a medida que se extienden en todas las direcciones a partir de su fuente



Última modificação em 22 de Janeiro de 2012 23:23:06 UTC

terça-feira, 24 de dezembro de 2013

Feliz Natal!

 
 

Alguém observou que cada vez mais o ano se compõe de 10 meses; imperfeitamente embora, o resto é Natal. É possível que, com o tempo, essa divisão se inverta: 10 meses de Natal e 2 meses de ano vulgarmente dito. E não parece absurdo imaginar que, pelo desenvolvimento da linha, e pela melhoria do homem, o ano inteiro se converta em Natal, abolindo-se a era civil, com suas obrigações enfadonhas ou malignas. Será bom.

Então nos amaremos e nos desejaremos felicidades ininterruptamente, de manhã à noite, de uma rua a outra, de continente a continente, de cortina de ferro à cortina de nylon — sem cortinas. Governo e oposição, neutros, super e subdesenvolvidos, marcianos, bichos, plantas entrarão em regime de fraternidade. Os objetos se impregnarão de espírito natalino, e veremos o desenho animado, reino da crueldade, transposto para o reino do amor: a máquina de lavar roupa abraçada ao flamboyant, núpcias da flauta e do ovo, a betoneira com o sagüi ou com o vestido de baile. E o supra-realismo, justificado espiritualmente, será uma chave para o mundo.

Completado o ciclo histórico, os bens serão repartidos por si mesmos entre nossos irmãos, isto é, com todos os viventes e elementos da terra, água, ar e alma. Não haverá mais cartas de cobrança, de descompostura nem de suicídio. O correio só transportará correspondência gentil, de preferência postais de Chagall, em que noivos e burrinhos circulam na atmosfera, pastando flores; toda pintura, inclusive o borrão, estará a serviço do entendimento afetuoso. A crítica de arte se dissolverá jovialmente, a menos que prefira tomar a forma de um sininho cristalino, a badalar sem erudição nem pretensão, celebrando o Advento.

A poesia escrita se identificará com o perfume das moitas antes do amanhecer, despojando-se do uso do som. Para que livros? perguntará um anjo e, sorrindo, mostrará a terra impressa com as tintas do sol e das galáxias, aberta à maneira de um livro.

A música permanecerá a mesma, tal qual Palestrina e Mozart a deixaram; equívocos e divertimentos musicais serão arquivados, sem humilhação para ninguém.

Com economia para os povos desaparecerão suavemente classes armadas e semi-armadas, repartições arrecadadoras, polícia e fiscais de toda espécie. Uma palavra será descoberta no dicionário: paz.

O trabalho deixará de ser imposição para constituir o sentido natural da vida, sob a jurisdição desses incansáveis trabalhadores, que são os lírios do campo. Salário de cada um: a alegria que tiver merecido. Nem juntas de conciliação nem tribunais de justiça, pois tudo estará conciliado na ordem do amor.

Todo mundo se rirá do dinheiro e das arcas que o guardavam, e que passarão a depósito de doces, para visitas. Haverá dois jardins para cada habitante, um exterior, outro interior, comunicando-se por um atalho invisível.

A morte não será procurada nem esquivada, e o homem compreenderá a existência da noite, como já compreendera a da manhã.

O mundo será administrado exclusivamente pelas crianças, e elas farão o que bem entenderem das restantes instituições caducas, a Universidade inclusive.

E será Natal para sempre.
 
 
Carlos Drummond de Andrade
Organiza o Natal

segunda-feira, 23 de dezembro de 2013

Fragmento de O Aleph




Jorge Luís Borges
 

Chego, agora, ao inefável centro de meu relato; começa aqui meu desespero de escritor. Toda linguagem é um alfabeto de símbolos cujo exercício pressupõe um passado que os interlocutores compartem; como transmitir aos outros o infinito Aleph, que minha temerosa memória mal e mal abarca? Os místicos, em análogo transe, são pródigos em emblemas: para significar a divindade, um persa fala de um pássaro que, de algum modo, é todos os pássaros; Alanus de Insulis, de uma esfera cujo centro está em todas as partes e a circunferência em nenhuma; Ezequiel, de um anjo de quatro faces que, ao mesmo tempo, se dirige ao Oriente e ao Ocidente, ao Norte e ao Sul. (Não em vão rememoro essas inconcebíveis analogias; alguma relação têm com o Aleph.) É possível que os deuses não me negassem o achado de uma imagem equivalente, mas este relato ficaria contaminado de literatura, de falsidade. Mesmo porque o problema central é insolúvel: a enumeração, sequer parcial, de um conjunto infinito. Nesse instante gigantesco, vi milhões de atos prazerosos ou atrozes; nenhum me assombrou tanto como o fato de que todos ocupassem o mesmo ponto, sem superposição e sem transparência. O que viram meus olhos foi simultâneo; o que transcreverei, sucessivo, pois a linguagem o é. Algo, entretanto, registrarei.
Na parte inferior do degrau, à direita, vi uma pequena esfera furta-cor, de quase intolerável fulgor. A princípio, julguei-a giratória; depois, compreendi que esse movimento era uma ilusão produzida pelos vertiginosos espetáculos que encerrava. O diâmetro do Aleph seria de dois ou três centímetros, mas o espaço cósmico estava aí, sem diminuição de tamanho. Cada coisa (o cristal do espelho, digamos) era infinitas coisas, porque eu a via claramente de todos os pontos do universo. Vi o populoso mar, vi a aurora e a tarde, vi as multidões da América, vi uma prateada teia de aranha no centro de uma negra pirâmide, vi um labirinto roto (era Londres), vi intermináveis olhos próximos perscrutando-me como num espelho, vi todos os espelhos do planeta e nenhum me
refletiu, vi num pátio da rua Soler as mesmas lajotas que, há trinta anos, vi no vestíbulo de uma casa em Fray Bentos, vi cachos de uva, neve, tabaco, veios de metal, vapor de água, vi convexos desertos equatoriais e cada um de seus grãos de areia, vi em Inverness uma mulher que não esquecerei, vi a violenta cabeleira, o altivo corpo, vi um câncer no peito, vi um círculo de terra seca numa calçada onde antes existira uma árvore, vi uma chácara de Adrogué, um exemplar da primeira versão inglesa de Plínio, a de Philemon Holland, vi, ao mesmo tempo, cada letra de cada página (em pequeno, eu costumava maravilhar-me com o fato de que as letras de um livro fechado não se misturassem e se perdessem no decorrer da noite), vi a noite e o dia contemporâneo, vi um poente em Querétaro que parecia refletir a cor de uma rosa em Bengala, vi meu dormitório sem ninguém, vi num gabinete de Alkmaar um globo terrestre entre dois espelhos que o multiplicam indefinidamente, vi cavalos de crinas redemoinhadas numa praia do mar Cáspio, na aurora, vi a delicada ossatura de uma mão, vi os sobreviventes de uma batalha enviando cartões-postais, vi numa vitrina de Mirzapur um baralho espanhol, vi as sombras oblíquas de algumas samambaias no chão de uma estufa, vi tigres, êmbolos, bisões, marulhos e exércitos, vi todas as formigas que existem na terra, vi um astrolábio persa, vi numa gaveta da escrivaninha (e a letra me fez tremer) cartas obscenas, inacreditáveis, precisas, que Beatriz dirigira a Carlos Argentino, vi um adorado monumento em La Chacarita, vi a relíquia atroz do que deliciosamente fora Beatriz Viterbo, vi a circulação de meu escuro sangue, vi a engrenagem do amor e a modificação da morte, vi o Aleph, de todos os pontos, vi no Aleph a terra, e na terra outra vez o Aleph, e no Aleph a terra, vi meu rosto e minhas vísceras, vi teu rosto e senti vertigem e chorei, porque meus olhos haviam visto esse objeto secreto e conjetura) cujo nome usurpam os homens, mas que nenhum homem olhou: o inconcebível universo.

As ruínas circulares



Jorge Luis Borges,

Ninguém o viu desembarcar na noite unânime, ninguém viu a canoa de bambu sumindo no lodo sagrado, mas dias depois ninguém ignorava que o homem taciturno vinha do Sul e que sua pátria era uma das infinitas aldeias que estão a montante, no flanco violento da montanha, onde o idioma zend não foi contaminado pelo grego e a lepra é pouco freqüente. A verdade é que o homem cinza beijou o lodo, galgou o barranco da margem sem afastar (provavelmente, sem sentir) o capim-navalha que lhe dilacerava a carne e se arrastou, atônito e ensangüentado, até o recito circular coroado por um tigre ou cavalo de pedra, que um dia foi da cor do fogo e agora é da cor da cinza. Essa arena é um templo que antigos incêndios devoraram, que a selva do pântano profanou e cujo deus não recebe a honra dos homens. O forasteiro estendeu-se sob o pedestal. Foi despertado pelo sol alto. Comprovou sem espanto que as feridas tinham cicatrizado; fechou os olhos pálidos e adormeceu, não por fraqueza da carne, mas por determinação da vontade. Sabia que aquele templo era o lugar exigido por seu invencível propósito; sabia que as árvores incessantes não haviam conseguido estrangular, rio abaixo, as ruínas de outro templo propício, também de deuses incendiados e mortos; sabia que sua imediata obrigação era sonhar. Por volta da meia-noite foi despertado pelo grito inconsolável de um pássaro. Rastros de pés descalços, alguns figos e um cântaro lhe permitiram entender que os homens da região tinham espiado com respeito seu sono e solicitavam sua proteção ou temiam sua magia. Sentiu frio do medo e buscou na muralha dilapidada um nicho sepulcral e se cobriu com folhas desconhecidas.
O propósito que o guiava não era impossível,ainda que sobrenatural. Queria sonhar um homem: queria sonhá-lo com integridade minuciosa e impô-lo à realidade. Esse projeto mágico havia esgotado completamente o espaço de sua alma; se alguém tivesse lhe perguntado seu próprio nome ou qualquer traço de sua vida anterior, não teria dado com a resposta. Era para ele conveniente o templo desabitado e destroçado, porque era um mínimo de mundo visível; a proximidade dos lenhadores também, pois estes se encarregavam de suprir suas necessidades frugais.O arroz e as frutas de seu tributo eram alimento suficiente para seu corpo, consagrado à única tarefa de sonhar.


No início, os sonhos eram caóticos; pouco depois, foram de natureza dialética. O forasteiro sonhava consigo mesmo no centro de um anfiteatro circular que era de algum modo o templo incendiado: nuvens de alunos taciturnos exauriam a arquibancada; as caras dos últimos pendiam a muitos séculos de distância e a uma altura estelar, mas eram inteiramente precisas. O homem ditava-lhes lições de anatomia, de cosmografia, de magia: os rostos escutavam com ansiedade e procuravam responder com entendimento, como se adivinhassem a importância daquele exame, que redimiria um deles de sua condição de vã aparência e o introduziria no mundo real. Durante o sonho e a vigília, o homem considerava as respostas de seus fantasmas, não se deixava engambelar pelos impostores, adivinhava em certas perplexidades uma inteligência crescente. Buscava uma alma que merecesse participar do universo.


Depois de nove ou dez noites compreendeu com alguma amargura que nada podia esperar daqueles alunos que aceitavam com passividade sua doutrina, e sim daqueles que arriscavam, ás vezes, uma contradição razoável. Os primeiros, embora dignos de amor e afeição, não podiam ascender a indivíduos; os últimos preexistiam um pouco mais. Uma tarde (agora também as tardes eram tributárias do sonho, agora não velava senão um par de horas durante o amanhecer) dispensou para sempre o vasto colégio ilusório e ficou apenas com um aluno. Era um rapaz taciturno, melancólico, ás vezes indócil, de traços afilados que repetiam os de seu sonhador. A brusca eliminação de seus condiscípulos não o desconcertou por muito tempo; depois de umas poucas aulas particulares, maravilhou o mestre. Contudo, sobreveio a catástrofe. Certo dia, o homem emergiu do sonho como de um deserto viscoso, olhou a luz vã da tarde que de imediato confundiu com a aurora e compreendeu que não sonhara. Toda a noite e o dia seguinte, a intolerável lucidez da insônia se abateu sobre ele. Quis explorar a selva, extenuar-se, mal conseguiu, em meio à cicuta, rajadas de um sonho débil, fugazmente mescladas à visão de qualidade rudimentar: imprestáveis. Quis consagrar o colégio e , mal tinha articulado umas breves palavras de exortação, este se deformou, desfazendo-se. Na quase perpétua vigília, lágrimas de ira queimavam-lhe os olhos envelhecidos.


Compreendeu que o empenho de modelar a matéria incoerente e vertiginosa de que os sonhos são feitos é o mais árduo que um varão pode empreender, embora penetre todos os enigmas da ordem superior e da inferior: muito mais árduo que tecer uma corda de areia ou que amoldar o vento sem rosto. Compreendeu que um fracasso inicial era inevitável. Jurou esquecer a enorme alucinação que a princípio o desviara e buscou outro método de trabalho. Antes de exercitá-lo, dedicou um mês à reposição das forças que o delírio desperdiçara. Abandonou toda premeditação de sonhar e quase ato contínuo conseguiu dormir um pedaço razoável do dia. As raras vezes que sonhou durante esse período, não reparou nos sonhos. Para reatar a tarefa, esperou que o disco da lua ficasse perfeito. Em seguida, à tarde purificou-se nas águas do rio, adorou os deuses planetários, pronunciou as sílabas lícitas de um nome poderoso e adormeceu. Quase imediatamente, sonhou com um coração que palpitava.


Sonhou-o ativo, quente, secreto, do tamanho de um punho fechado, de cor grená na penumbra de um corpo humano ainda sem rosto: sonhou-o com minucioso amor, durante catorze lúcidas noites. Cada noite, percebia-o com maior evidência. Não o tocava: limitava-se a testemunhar sua presença, a observá-lo, talvez a corrigi-lo com o olhar. Percebia-o, vivia-o, de muitas distâncias e muitos ângulos. Na décima quarta noite tocou a artéria pulmonar com o indicador e, em seguida, o coração todo por fora e por dentro. O exame o satisfez. Deliberadamente não sonhou durante uma noite: depois voltou ao coração, invocou o nome de um planeta e empreendeu a visão de outro dos órgãos principais. Antes de um ano chegou ao esqueleto, ás pálpebras. O cabelo inumerável foi, quem sabe, a tarefa mais difícil. Sonhou um homem inteiro, um oco, mas este não se incorporava nem falava nem podia abrir os olhos. Noite após noite, o homem o sonhava adormecido.


Nas cosmogonias gnósticas, os demiurgos moldam um Adão vermelho que não consegue ficar de pé; tão inábil e rude e elementar feito esse Adão de pó era o Adão de sonho que as noites do mago tinham fabricado. Uma tarde, o homem quase destruiu por completo sua obra, mas arrependeu-se. (Melhor teria sido que a tivesse destruído.) Esgotados os votos aos numes da terra e do rio, lançou-se aos pés da efígie que talvez fosse um tigre, talvez um potro, e implorou seu desconhecido socorro. Durante aquele crepúsculo, sonhou com a estátua. Sonhou-a viva, trêmula: não era um atroz bastardo de tigre e proto, mas a uma só vez essa duas criaturas veementes e também um touro, uma rosa, uma tempestade. Esse múltiplo deus revelou-lhe que seu nome terreno era Fogo, que naquele templo circular (e noutros iguais) haviam lhe rendido sacrifícios e culto, e que magicamente animaria o fantasma sonhado, de modo que todas as criaturas, exceto o próprio Fogo e o sonhador, o tomassem por um homem de carne e osso. Ordenou-lhe que, uma vez instruído nos ritos, seria enviado ao outro templo destroçado, cujas pirâmides persistem a jusante, para que alguma voz o glorificasse naquele edifico deserto. No sonho do homem que sonhava, o sonhado despertou.


O mago executou as ordens. Consagrou um prazo (que finalmente abrangeu dois anos) a lhe desvelar os arcanos do universo e do culto do fogo. Intimamente, sentia separar-se dele. Com o pretexto da necessidade pedagógica, todo dia aumentava as horas dedicadas ao sonho. Também refez o ombro direito, quem sabe deficiente. Às vezes, inquietava-o uma impressão de que tudo aquilo já acontecera... Em geral, seus dias eram felizes: ao fechar os olhos, pensava: “Agora estarei com meu filho”. Ou, mais raramente: “O filho que gerei me espera e não existirá se eu não for”.
Gradualmente, foi habituando-o à realidade. Uma vez lhe ordenou que pusesse uma bandeira num ponto distante. No dia seguinte, a bandeira flamejava no cume. Ensaiou outros experimentos análogos, cada vez mais ousados. Compreendeu com certa amargura que seu filho estava pronto para nascer – e talvez já impaciente. Nessa noite beijou-o pela primeira vez e o enviou ao outro templo, cujos destroços alvejaram rio acima, a muitas léguas de inextricável selva e pântano. Antes (para que ele não soubesse nunca que era um fantasma, para que se julgasse um homem como os outros) lhe infundiu o esquecimento total de seus anos de aprendizagem.
Sua vitória e sua paz ficaram empanadas pelo fastio. Nos crepúsculos da tarde e da madrugada, prosternava-se perante a figura de pedra, talvez imaginando que seu filho irreal executasse idênticos ritos, noutras ruínas circulares, a jusante; de noite não sonhava, ou sonhava como fazem todos os homens. Percebia com certa palidez os sonos e as formas do universo: o filho ausente se nutria dessas diminuições de sua alam. O propósito de sua vida fora cumprido; o homem persistiu numa espécie de êxtase. Depois de algum tempo que certos narradores de sua história preferem computar em anos e outros em lustros, foi despertado por dois remadores à meia-noite: não pode ver o rosto deles, mas lhe falaram de um homem mágico num templo do Norte, capaz de pisar no fogo sem se queimar. O mago recordou bruscamente as palavras do deus. Recordou que, de todas as criaturas que compõem o globo, o Fogo era a única que sabia que seu filho era um fantasma. Essa recordação, apaziguadora de início, acabou por atormentá-lo. Temeu que seu filho meditasse sobre esse privilégio anormal e descobrisse de algum modo sua condição de mero simulacro. Não ser um homem, será a projeção do sonho de outro homem, que humilhação incomparável, que vertigem! A tudo para interessar os filhos que procriou (que permitiu) numa mera confusão ou felicidade; é natural que o mago temesse pelo futuro daquele filho, pensado entranha por entranha e traço por traço, em mil e uma noites secretas.


O término de suas cavilações foi repentino, mas alguns sinais o prenunciaram. Primeiro (no fim de uma longa seca) uma nuvem remota sobre um morro, leve como um pássaro; depois, rumo ao Sul, o céu que era da cor da gengiva dos leopardos; logo as fumaceiras que enferrujam o metal das noites; por fim, a fuga pânica das feras. Porque se repetiu o acontecido havia séculos. As ruínas do santuário do deus do Fogo foram destruídas pelo fogo. Num amanhecer sem pássaros o mago viu o incêndio concêntrico agarrar-se aos muros. Por um instante, pensou se refugiar nas águas, mas depois compreendeu que a morte vinha coroar sua velhice e absolvê-lo dos seus trabalhos. Caminhou contra as línguas de fogo. Elas não morderam sua carne; antes o acariciaram, inundando-o sem calor e sem combustão. Com alívio, com humilhação, com terror, compreendeu que ele também era uma aparência, que outro o estava sonhando.
[i] Extraído de Ficções. Companhia Das Letras, 2007, p. 46

Cristo, símbolo do ''si-mesmo''

 
 
 
Falamos necessariamente de Cristo, porque Ele é o mito ainda vivo de nossa civilização. É o herói de nossa cultura, o qual , sem detrimento de sua existência histórica, encarna o mito do homem primordial (Urmensch), do Adão mítico. É Ele quem ocupa o centro da mandala cristã; é o Senhor do Tetramorfo, isto é, dos símbolos dos quatro Evangelistas que significam as quatro colunas de seu tempo. Ele está dentro de nós e nós estamos dentro dele. Seu reino é a pérola preciosa, o tesouro escondido no campo, o pequeno grão de mostarda que se transforma na grande árvore; é a Cidade Celeste. Do mesmo modo que Cristo, assim tbm o seu reino está dentro de nós.
 
Acho que estas poucas referências universalmente conhecidas são suficientes para caracterizar a posição psicológica do símbolo de Cristo. Cristo elucida o ‘’arquétipo do ‘’SI-MESMO’’. Representa uma totalidade de natureza divina ou celeste, um homem transfigurado, um perfeito filho de Deus(...) Ele constitui uma equivalência do primeiro Adão antes da queda original, isto é, quando este possuía ainda a pura semelhança com Deus, e a respeito do qual diz Tertuliano (222): ‘’’E quanto a esta imagem de Deus, pode-se admitir que o espírito humano possui os mesmos impulsos e o mesmo sentido de Deus, embora não da mesma forma’’. Orígenes  (185-254) é muito mais minucioso: ‘’A imago Dei (imagem de Deus) impressa na alma e não no corpo é uma imagem da imagem, ‘’pois minha alma é uma imagem de Deus, não de modo singular, mas criada á semelhança de uma imagem precedente’’. Cristo, ao invés,  é a verdadeira imago Dei, a cuja semelhança foi criado nosso homem interior: invisível, incorporal e imortal. A imagem divina manifesta-se em nós através da ‘’prudentia’’, da ‘’justitia’’, da ‘’moderatio’’, da ‘’virtus’’, da ‘’sapientia’’ e da ‘’disciplina’’.
 
Carl Gustav Jung

Post Scriptum
 
 
www.clinicapsique.com/doc/simesmo.doc‎
                                                 
Neste capítulo irei ressaltar o si-mesmo como fator instigador da consciência para que
esta se aproxime da totalidade da psique e, realize suas potencialidades. No conceito teórico de Jung, o si-mesmo contém aspectos de luz e sombra que coexistem, são irredutíveis e não derivam um do outro.

            Para que o processo de individuação aconteça é necessário que o ego entre em contacto com os aspectos irracionais e sombrios da psique, que muitas vezes ficam reprimidos, a um certo custo, porém não são eliminados e, estes na maioria das vezes são projetados no coletivo e, para que se aproxime do si-mesmo é necessário que estes conteúdos sejam integrados, só que esta aproximação é algo ainda muito distante; segundo citação de Jung:

“ É impossível chegar a uma consciência aproximada do si-mesmo, porque  por mais que ampliemos nosso campo de consciência, sempre haverá uma quantidade indeterminada e indeterminável de material inconsciente, que pertence à totalidade do si-mesmo.Este é o motivo pelo qual o si-mesmo sempre constituirá uma grandeza que nos ultrapassa”(Jung, C.G. vol. VII, & 274, Obras Completas.)

            É necessário um diálogo criativo e aberto entre o si-mesmo e o ego para que, mais aspectos sombrios venham a consciência, pois quanto mais unilateral for a posição de uma pessoa mais à superfície da vida esta vai se situar. Para aprofundar conteúdos e se apropriar um pouco mais da própria personalidade é necessário se desvencilhar de uma rigidez moral e massificada, ser suficientemente enraizado no mundo em virtude de seus próprios esforços, ter coragem de confrontar a sombra e, ir em busca do animus ou da anima, afim de alcançar uma união superior; no entanto para que um conteúdo psíquico seja esboçado nos diz Jung, que é indispensável usar no mínimo duas funções “racionais”:
                                  
“Quando, portanto, no estudo dos conteúdos psíquicos se toma  em consideração não apenas o aspecto intelectual, senão também o julgamento de valor, obtém-se necessariamente não apenas uma imagem completa do respectivo conteúdo, mas também a posição especial que ocupa na escala dos conteúdos psíquicos.O valor afetivo constitui um critério sumamente importante, sem o qual a psicologia não é possível, porque é ele que determina , em larga medida, o papel que o conteúdo acentuado desempenhará na economia da psique. Ou melhor, o valor afetivo funciona como um barômetro que indica a intensidade  de uma representação, intensidade que, por sua vez, expressa a tensão energética, o potencial de ação da representação. A sombra, por exemplo, em geral tem um valor afetivo marcadamente negativo, ao passo que a anima e o animus possuem, ao invés, um valor positivo.”
( Jung,C.G. Vol. IX/2 & 53. Obras Completas)

            Podemos notar que não é simples a percepção do si-mesmo em sua totalidade, pois ele se situa além dos limites pessoais e, surge como algo numinoso e fascinante. Algo no campo do sagrado, sob a forma de um mitologema religioso. Podemos chegar a instantes de contemplação do si-mesmo, através de alguns símbolos de totalidade, como as mandalas, a quaternidade. O cristo também é um símbolo do si-mesmo.



(...)


“Tradução do aramaico de sihã e do hebraico mãsiha, i.é, messias. No AT, além do sumo sacerdote também o soberano reinante é chamado”ungido” de Javé.Também os salmos falam várias vezes no ungido, referindo-se certamente também aos descendentes  históricos da dinastia davídica.À medida porém que essa realeza ia decaindo, surgiu a figura de um rei ideal, sobre-humano e os mesmos textos dos salmos foram ganhando uma nova interpretação. Sobre a origem e a evolução dessa idéia – Messias.Os discípulos reconhecendo Jesus como o Messias, acrescentaram esse título ao seu nome: “ Jesus Cristo”, “Cristo Jesus”, ou simplesmente Cristo.Afinal, Cristo tornou-se um nome independente para indicar o Kyrios glorificado.
                          ( DEN BORN & COL.dicionário enc. da bíblia,Vozes;1985)


            O Cristo que é o objeto de culto cristão é o Jesus que viveu e morreu na Palestina, mas também foi na época muito mais do que isto.Ele foi assimilado pelo sistema e recebeu a projeção do homem Deus esperado pelos seus contemporâneos, tornando-se assim a sua expressão arquetípica.Como o reinado de Davi estava decaindo, aquele povo necessitava de um substituto, e ficaram assim esperando por um messias.

            Temos alguns arquétipos que remontam suas origens na humanidade, centenas e milhares de anos antes de Cristo. Muitos líderes tribais conseguiram reunir homens e mulheres diante de situações catastróficas, de desastres naturais ou sob ameaças de inimigos de outras tribos, por terem sido capazes de despertar uma resposta arquetípica, instintiva.Poderíamos citar aí o arquétipo do mal, do salvador, do guerreiro e, outros considerados primordiais. Jesus Cristo despertou em alguns de  seus contemporâneos essa resposta primordial, como alguém que poderia libertar homens e mulheres do mal moral e espiritual. Apesar de ele ter semelhança com uma longa fila de grandes líderes humanos, tinha algo nele que era específico e único, que o aproximava do divino e, que o fez ser lembrado e seguido até os nossos dias.Ele incita à atividade uma tendência mais profunda ainda, não somente o arquétipo do salvador mais também o arquétipo do Self. Como nos diz Jung:
                       
“Jesus transformou-se na figura esperada pelo inconsciente de seus contemporâneos. Por isso é inútil querer saber quem era e como era Ele em sua realidade concreta. Se sua figura fosse fidedigna sob o ponto de vista humano e histórico, seria provavelmente tão pouco esclarecedora como a de um Pitágoras, de um Sócrates, ou a de um Apolônio de Tiana.Ele apareceu como o portador de uma revelação justamente pelo fato de apresentar-se como um Deus eterno( e, por isso mesmo, não- histórico),e só podia agir como tal, graças ao consensus generalis ( consenso geral) inconsciente:se seus contemporâneos não tivessem visto algo de especial na pessoa do milagroso Rabi da galiléia, as trevas não teriam percebido que uma luz havia brilhado”( JUNG. C.G.Vol.XI &228, Obras Completas)


            Cristo é o mesmo Jesus histórico que caminhou e ensinou por toda palestina e que nos traz uma indagação, o que este Rabi falou ou como Ele agiu para tocar com suas mensagens o íntimo do homem.Observando o NT vemos o quanto sua linguagem é simbólica e também por isso tão próxima da alma humana.Como Jung nos diz em seus escritos, que além dessa linguagem simbólica que caracterizava o Cristo, Ele traz consigo características de uma vida de herói, tais como: origem improvável, pai divino, nascimento ameaçado de perigo, pronta salvação, amadurecimento precoce (crescimento do herói), superação da própria mãe e da morte, milagres, um tipo de morte simbolicamente significativo, efeitos póstumos (aparições), sinais miraculosos,etc.Todos esses atributos de Jesus fizeram com que Ele incorporasse o Cristo em vida e após sua morte e ressurreição tornar-se uma figura celestial e viva por séculos e séculos. Apesar de que Jung nos faz uma alerta e, nos mostra a necessidade de  uma renovação do cristianismo da época atual, pois os símbolos que antes fascinavam e moviam a psique humana, hoje estão perdendo sua força.

            Com relação a espera de um conteúdo que atualizasse o arquétipo do Cristo, vemos diversas citações no AT, vários profetas não cansaram de bradar aos quatro cantos a vinda do messias. Um messias que como enviado de Deus traz à humanidade a salvação prometida, vemos isso muito claro num trecho do profeta Isaías:

“Porque nasceu para nós um menino, um filho nos foi dado. Ele tem a soberania sobre seus ombros e será chamado; Conselheiro Admirável, Deus forte, Pai para sempre, Príncipe da paz. Ele terá uma soberania ampla e uma paz sem limites, sobre o trono de Davi...”( Isa,9-5)
                                  
            Esse Messias tão esperado, surgiu.Com toda sua trajetória heróica, nascimento divino e os demais atributos que o caracterizavam como herói, além de sua mensagem simbólica falando a alma daquele povo, o rabi Jesus rapidamente foi assimilado e o arquétipo constelado. Nascendo assim Jesus Cristo e, imortalizado até os nossos tempos.      
 
(...)
 
Pedra angular
 
http://www.sophia.bem-vindo.net/tiki-index.php?page=Coomaraswamy+Cristo

Santa Catarina de Siena teve uma visão de Cristo na forma de ponte e Rumi a
tribui a Cristo as seguintes palavras: "Para os verdadeiros crentes eu me transformo numa ponte que atravessa o mar".

Num livro notável intitulado Consider the lilies, how they grow (Vede como crescem os lírios, Mateus 6,28), publicado pela Sociedade de Folclore Alemão da Pennsylvania em 1937, vemos que durante muito tempo Stoudt, cuja interpretação da arte alemã da Pennsylvania se baseia totalmente nas "manifestações históricas da religião mística" (com ênfase especial a Jacob Boehme, Dante, São Bernardo e a Bíblia), ficou intrigado com o motivo decorativo em forma de diamante (losango), até que encontrou nos trabalhos de Alexander Mach uma passagem em que "Cristo era denominado Eckstein", de forma coerente com os textos bíblicos. Percebeu então que em alemão a palavra que indica diamante é a mesma que indica pedra fundamental ou pedra angular (p. 76). Aparece em tampas de fogão e com relação a isto Stoudt menciona com muita propriedade a instrução dada por Clemente de Alexandria aos cristãos primitivos, no sentido de colocarem os símbolos de Cristo nos utensílios domésticos.

Até aqui está tudo muito bem. Mas podemos ir mais adiante e indagar em que sentido Cristo é mencionado como diamante e Pedra Fundamental ou, mais literalmente, pedra angular.1 No Salmo 118,22; Mateus 21,42; Lucas 22,17 temos: "A mesma pedra que os construtores rejeitaram transformou-se em pedra angular" (kephalen gonias, caput anguli); em Efésios 2,20 temos "... com o próprio Cristo por pedra angular" (ontos akrogoniaiou autou krisou Iesou ou ipso summo angulari lapide Christo Jesu); o texto continua e diz: "n'Ele qualquer construção bem ajustada (synarmodogomene), constructa = sam-skrta em sânscrito) cresce para formar um templo santo (eis naon agion) no Senhor, em união com o Qual também vós estais integrados na construção (coedificamini) para vos tornardes, no Espírito, a morada de Deus" (en Pneumati = atmani em sânscrito). A intenção evidente deste trecho é pintar Cristo como o princípio sem igual do qual depende todo o edifício da Igreja. O princípio de qualquer coisa não está nem entre outras partes dela nem na totalidade das partes, está onde todas as partes estão reduzidas a uma unidade, sem composição. Esta figura tem paralelo na figura da participação do Corpo Místico de Cristo. Mas uma "pedra angular" no sentido aceito de pedra situada no canto de uma edificação, por mais importante que seja, e até se tivermos a intenção de levar em conta uma pedra angular especial, é apenas uma de quatro apoios iguais; não podemos falar logicamente de uma determinada pedra angular, e qualquer pedra angular mais reflete do que realmente é o princípio dominante de uma edificação. Começamos a suspeitar que o significado de pedra angular talvez tenha sido mal-entendido e o conceito de que "todos os homens estão unidos numa construção", não pode ser interpretado como
pedra angular no sentido de uma pedra situada no canto ou na quina da edificação.
(...)
 
 
· Pode-se notar que o "Grande Arquiteto do Universo" está identificado a Cristo (portanto ao Logos), por sua vez relacionado ao simbolismo da "pedra angular", entendida de acordo com o que já explicamos (cap. 43); o "pináculo do Templo" (e podemos notar a curiosa semelhança da palavra "pináculo" com o hebraico pinnah, que significa "ângulo") é naturalmente o topo ou o ponto mais elevado, e, como tal, equivale à "chave de abóbada" (Keystone) Arch Masonry.
·          Cristo também, como o Jano antigo, leva o cetro real a que tem direito em nome de seu Pai do Céu e de seus ancestrais neste mundo; e sua outra mão segura a chave dos segredos eternos, a chave tingida pelo seu sangue, que abriu, para a humanidade perdida, a porta da vida. É por isso que, na quarta das grandes antífonas anteriores ao Natal, a liturgia sagrada o aclama assim: 'O Clavis David, et Sceptrum domus Israeli... Vós sóis, ó Cristo esperado, a Chave de Davi e o Cetro da casa de Israel. Vós abris, e ninguém pode fechar; e quando vós fechais ningué858888m mais saberia abrir...' "
·          Por essas poucas considerações já é fácil compreender que Jano representa verdadeiramente Aquele que é, não só o "Senhor do tríplice tempo" (designação que é de igual modo aplicada a Shiva na doutrina hindu), mas também, e antes de tudo, o "Senhor da Eternidade". Cristo, escrevia ainda a esse respeito o sr. Charbonneau-Lassay, domina o passado e o futuro; coeterno com seu Pai, é como ele o "Ancestral dos Dias": "No princípio era o verbo", diz São João. Ele é também o pai e o senhor dos séculos vindouros: Jesu pater futuri saeculi, repete diariamente a Igreja Romana, e Ele próprio se proclama o começo e o final de tudo: "Eu sou o alfa e o ômega, o princípio e o fim". "É o 'Senhor da Eternidade'.’’(de certa forma a Luz é o respaldo da memória do universo já que nela o passado, o presente e o futuro estão ocorrendo num único instante eterno e portanto são acessíveis através dela)
·          De acordo com o simbolismo empregado pela Cabala hebraica, à direita e à esquerda correspondem respectivamente dois atributos divinos: a Misericórdia (Hesed) e a Justiça (Din), que também cabem de forma clara a Cristo, em especial quando o consideramos em seu papel de Juiz dos vivos e dos mortos.
·          Quando o peixe é tomado como símbolo de Cristo, seu nome grego, Ichthus, é considerado como formado pelas iniciais das palavras Iêsous Christos Theou Uios Sóter (Jesus Cristo, de Deus Filho, Salvador).
·          Como Vishnu na Índia, e também sob a forma de peixe, o Oannes caldeu, que alguns consideraram de modo categórico como uma representação de Cristo, ensina igualmente aos homens a doutrina primordial; trata-se de um exemplo admirável da unidade que existe entre tradições muito diferentes na aparência, e que permaneceria inexplicável se não admitíssemos suas ligações com uma fonte comum.
·          A isso se liga a designação de Cristo como "germe" em diversos textos da Escritura, que retomaremos talvez numa outra ocasião...
·          É muito significativo, sob esse ponto de vista, que os hermetistas cristãos falem de Cristo como sendo a verdadeira "pedra filosofal", com a mesma frequência que se referem a ele como "pedra angular".
·          Observe-se a relação existente entre a unção da pedra por Jacó, bem como a dos reis para a sua sagração, e o caráter de Cristo ou do Messias, que é o "Ungido" por excelência (Khristós, no grego, e Mashiah, no hebraico, significam "ungido")
  
H. P. Blavatsky era enfática quanto à biografia de Jesus fazer alusão a um mito solar, inclusive depreendido do culto a Mithra.